sábado, diciembre 01, 2007

Erotismo

Al final siempre te quedás. Pocas veces tenés ganas. Te parece que el esfuerzo no vale la pena, que para qué si después volvés tarde, dormís poco, los chicos se despiertan temprano y algunas otras muchas contras más. Pero vas porque es una amiga con la que no querés perder relación, con la que no tendrías que perderla y mucho menos debería, porque sería una nueva ventana cerrada al mundo, menos contacto, menos fiabilidad ante la humanidad que cuando necesite a alguien, entonces, seguramente, no pensará en vos. Así que vas. Y lo mal que hacés. Y lo bien que hacés, porque ellos, los qué decís que son lo único que te importa y te interesa y por lo que hacés todo en este mundo, incluso quedarte en él pese a tu voluntad, te ven salir, y al menos tienen la ilusión de que mamá se divierta, aunque sepan bien que no es cierto, y lo recuerden cuando crezcan y deban descubrir por qué sus vidas son del modo que son y no como ellos la habían soñado.
Así tiempo que no veía tamaña falta de erotismo. Ni siquiera en una fiesta de sala de cuatro, cinco, tres o dos hay semajante falta de erotismo como entre gente cercana a los cuarenta o ya con ellos, en pareja y con hijos, aunque sin ellos presentes, porque viste, cómo llevarlos a una fiesta así, si vamos a bailar y tomar alcohol; los chicos habrían sido una buena excusa. Tendríamos algo en qué amparar nuestra falta de deseo sexual, nuestra falta de deseo en cualquier otra cosa que no sea lo que hacemos todos los días: contar lo que hacemos todos los días hablando de la falta de entusiasmo que tenemos todos los días y de las fobias que nos crecen todos los días. Ese mundo insoportable repleto de gente insoportable jamás permitiría el sexo en cualquiera de sus manifestaciones, empezando por el de la sugerencia, que es el que abre las puertas de la percepción y pudre la armonía vetusta del todo tranqui, todo liso. Todo muerto. A tal punto hay programas propios que corren en segundo plano ejecutando eso que si nos diéramos cuenta que hacemos nos daría asco de nosotras mismas, que la agasajada en cuestión pidió que los tragos que un par de chicas, a la manera de las fiestas cool, preparaban en una mesa, no tuvierana mucho alcohol. Mirá si después tenemos que llevar alguien a su casa (o a la nuestra, en caso de ser pareja) o, lo que es peor, nos tenemos que bancar a varios de ellos queriendo coger, no tener sexo, menos hacer el amor, sino coger a las tres, cuatro de la mañana, alcoholizado, algo bestial e irrefanable en sus ganas de ponerla. Y por eso están juntos: no cogen, aunque duerman juntos y a veces se las metan. Y sobre todo porque ninguna de ellas tomaría una copita demás y, en ese estado algo alterado, volviera a sentir algo parecido a lo que alguna vez sintió por eso que la acompaña, y lo manoteara con sensualidad, deseosa, llena de erotismo.

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